Iglesia y Convento de San Miguel

Pablo 18 diciembre 2014 0


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Es una de las joyas escondidas o, al menos, más desconocidas de la ciudad de Trujillo. Se trata de la Iglesia y Convento de San Miguel. Esta Iglesia del siglo XVII posee mucha más historia de la que en un principio nos parece poseer. Podemos considerarla como un retazo de la Reconquista española representada en un edificio. Y es que el templo se comenzó a construir donde se encontraba una antigua sinagoga donada por los Reyes Católicos una vez finalizada la Reconquista en 1492.

Si bien es cierto que en su interior encontraremos detalles góticos y barrocos, podemos discernir toques renacentistas en la entrada. Pero lo que más nos llama la atención son las dos esculturas: la primera de ellas representa al Arcángel San Miguel y conforme nos acercamos a la puerta principal reconocemos la imagen del “Ángel caído” junto a una cruz latina. Esto puede deberse a la antigua tradición de representar la tentación o el mal, a modo didáctico o educativo en los muros de las Iglesias, y la necesidad de luchar contra él. También esto es muy propio de la época medieval y renacentista.

Pero hemos hablado también de los detalles barrocos de la Iglesia y nos topamos con ellos nada más observar el altar mayor, donde se encuentra la “Virgen Dolorosa”, una obra del siglo XVII que se atribuye a la escuela de Gregorio Hernández. Por su parte, en el presbiterio, al que se accede por unas bellísimas escaleras de cantería, encontramos dos grandes cuadros. Uno de ellos representa a Santa Catalina que posa con la rueda, y el otro a Santa Cecilia, que hace lo propio con su arpa.
Entre todas las lápidas y sepulturas que se hallan en el templo, cabe destacar la sepultura en arcolloso del Capitán Martín de Meneses, con una bella inscripción.

Como vemos la Iglesia consta con un coro alto cubierto por una bóveda de sillería de crucería en forma estrellada, y un coro bajo con bóveda de medio cañón también de sillería.
Todos estos detalles y muchos más como flores blancas y cirios dorados con los que las monjas dominicas adornan la capilla son los que hacen que todos los Viernes Santo se engalane como nunca.